—Buenas noches… mi primera dama.
Ariana abrió sus ojos y retrocedió tan bruscamente que su espalda chocó contra la pared helada, al ver a William entrando al baño de mujeres. Sus ojos se abrieron con un terror antiguo, profundo.
William cerró la puerta del baño detrás de él, despacio, como si disfrutara cada segundo de su entrada.
Sonrió. Esa sonrisa retorcida que ella jamás había logrado borrar.
—¿Q-qué haces aquí? —tartamudeó Ariana, sintiendo cómo todo su cuerpo se tensaba.
William se lamió los labios, caminando hacia ella con una calma aterradora.
—¿En serio? ¿Eso es lo primero que me dices después de tanto tiempo? —levantó una ceja y deslizó una mano dentro de su chaqueta—. Me decepcionas, Ariana.
Y entonces lo sacó.
Un arma negra perfectamente cargada.
Ariana sintió cómo la sangre se le congelaba en las venas. Pegó el cuerpo contra la pared, buscando un espacio que no existía.
William levantó el arma, no para apuntarle, sino para mostrarla con un gesto burlón.
—¿Sorprendida? —s