Las luces se apagaron.
No hubo gritos, y mucho menos corridas.
Solo unos pocos celulares se encendieron.
Sombras moviéndose, respiraciones contenidas, guardias intentando ver sin ver.
Y Leonardo…
Leonardo no respiró.
Un segundo antes estaba mirando al pasillo por donde Ethan había desaparecido.
Un segundo después, el nombre de Ariana le atravesó el pecho como un disparo.
—Ariana… —susurró, con la sangre helada.
Mientras todos intentaban mantener la compostura, él ya estaba avanzando, empujando sillas, esquivando cuerpos, con la mandíbula apretada y los ojos adaptándose a la penumbra.
Tenía un mal presentimiento.
Uno tan brutal que casi le perforó el alma.
Mientras tanto, Ariana corría con desesperación, no gritaba. Solo corría.
El pasillo de servicio estaba oscuro y estrecho, iluminado apenas por las luces de emergencia rojas que parpadeaban. Cada paso retumbaba en sus oídos.
Tenía que salir. Tenía que esconderse.
Empujó la puerta metálica del parqueadero y el golpe de aire frío la h