Ariana sintió cómo un escalofrío se deslizaba por su columna. El sonido de esa voz tan calmada, tan satisfecha la arrancó por completo de la inconsciencia.
Intentó mover las manos, un acto reflejo impulsado por el miedo… pero al instante una punzada de dolor le recorrió los brazos. Las cuerdas mordían su piel.
Volvió a intentarlo, esta vez con desesperación, jalando, tirando, sintiendo cómo los nudos se clavaban más profundo. Sus muñecas ardían. El aire le costaba.
Y entonces escuchó a William reír.
Una risa suave, contenida… como si disfrutara cada segundo de su pánico.
—No hagas esfuerzo —murmuró él, inclinando la cabeza con esa sonrisa torcida—. No vas a soltarte. Mucho menos vas a salir de aquí.
Ariana levantó la mirada con lentitud, tragando el sabor metálico del miedo. No iba a mostrárselo. No iba a darle esa satisfacción. Inspiró hondo, sosteniendo la mirada de William.
—¿Por qué no me matas de una vez? —preguntó con voz firme, sorprendiéndose incluso a sí misma.
William parpa