El pasillo blanco del hospital se sentía más frío de lo normal. Leonardo caminaba con los hombros tensos, la camisa salpicada de sangre seca y el ceño fruncido como si cada paso le doliera. Pues después de ir al club a buscar a Ariana decidió volver al hospital.
Lo habían obligado a salir de la sala de emergencias cuando Ethan fue llevado a cirugía, pero a pesar del cansancio extremo, no se permitía sentarse. Ni respirar.
Cuando por fin lo hizo, cuando se dejó caer en una de las sillas de plástico, apoyó los codos en las rodillas y hundió el rostro entre las manos. No quería cerrar los ojos. Cada vez que lo hacía, veía la misma escena: Ariana gritando, forcejeando, siendo arrastrada, y él… él a metros, retenido, impotente.
Y luego Ethan le hombre que prácticamente había dado su vida para sacarla.,
«Maldita zorra…», murmuró entre dientes. No hablaba de Ariana. Ni siquiera de sí mismo. Hablaba de Emma, quien había terminado de sacarlo de sus casillas, quien había desencadenado parte del