Leonardo ni siquiera parpadeó.
Su cuerpo estaba rígido, su mirada perdida, todavía teñida del miedo, de la desesperación que cargaba desde que Ariana desapareció .
El abrazo de Olivia lo envolvió apenas un segundo… antes de que él tomara aire lentamente y apartara, sin delicadeza, sus brazos de encima de él.
—Quiero que te vayas —dijo Leonardo con una frialdad que cortó el aire.
Olivia abrió los ojos, impactada, como si no pudiera comprender lo que había escuchado.
—¿Qué? Leo… —balbuceó—. Dijiste que podía quedarme esta semana. Dijiste…
—Sé lo que dije —interrumpió él mientras se alejaba, caminando con pasos pesados hacia el interior de la entrada—. También sé lo que ella quería. Y no voy a permitir a nadie merodeando por esta casa. Te hospedarás en la casa de campo. Mañana temprano te irás.
Olivia frunció los labios, haciendo un puchero infantil.
—Está bien… —susurró finalmente, resignada. Pero sus ojos brillaron con un resentimiento silencioso.
Leonardo no la miró. No tenía energía