El motor rugió en cuanto Ariana cerró la puerta del vehículo. Sus dedos temblaban ligeramente sobre el volante, no por miedo, sino por una sensación extraña que le apretaba el pecho.
Algo en el mensaje que Olivia le había dicho minutos antes había sido demasiado… insistente. Demasiado calculado. Pero aun así, allí estaba, manejando hacia el lugar que ella había indicado.
Ariana estacionó frente al parque, apagó el motor y salió del auto. El viento de la tarde golpeó su cabello, haciéndolo volar suavemente hacia un lado mientras cruzaba la calle con paso decidido.
A su alrededor, algunas hojas secas crujían bajo sus zapatos. Era un día tranquilo, demasiado tranquilo para el torbellino que se formaba dentro de ella.
Al llegar al parque, su mirada recorrió el lugar hasta detenerse en una figura sentada en una banca, con los hombros encogidos y el rostro hundido entre las manos. Olivia. Estaba llorando.
Ariana frunció el ceño.
—Olivia… —dijo al acercarse.
La mujer levantó la mirada len