Emma explotó como una bomba de rabia contenida al salir Ethan. Sus manos comenzaron a arrasar con todo lo que encontraba a su paso, jarrones, cuadros, una lámpara que cayó con estruendo y estalló en mil pedazos.
Cada objeto que se rompía era una palabra más contra la injusticia que ella sentía; cada fragmento, una pizca de su orgullo despedazado.
—¡Maldito viejo! —gritó, dando una patada a una pequeña mesa auxiliar—. ¡Debí haberte hecho trizas mucho antes! ¡Debí matarte antes de que me dejaras en la maldita ruina, maldito imbécil!
Emma buscaba destruir el mundo que ahora la rechazaba. Tomó un portarretratos y lo aventó contra la pared, el cristal voló en astillas que se estrellaron contra el suelo.
El pitido de su celular la sacó del trance fue una ráfaga de normalidad ella lo miró con un gesto de desprecio y, aún así tomó su celular y lo llevó a su oído.
—¿Bueno? —dijo, tratando de recomponer una voz que sonara casual, indiferente.
Del otro lado se escuchó una voz grave y segura,