Flor recogió las pocas cenizas que quedaban entre los dedos con el mimo con que alguien recoge vidrio roto, con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera dispersar para siempre aquello que aún conservaba un nombre.
Sus manos temblaban, el paño que utilizó estaba teñido de gris y de un rojo oscuro, mezcla del vino derramado. Se inclinó sobre el piso murmurando una oración sin ruido, como quien reza para que el gesto sirva de algo. Flor las guardó con manos torpes en el cofre vacío, consciente de que aquello ya no bastaba.
Leonardo no dijo nada. Se acercó a Ariana con pasos silenciosos y la tomó por los hombros. Ella estaba aún agitada, los ojos enrojecidos, la respiración entrecortada. Él la sostuvo un instante, permitiéndole apoyarse en él, sostenerse.
—Vamos a casa —murmuró, la voz grave y baja, un mandato suave que sonaba a refugio y a orden.
Ariana se dejó llevar sin protestar. Caminó junto a Leonardo como una sombra que ha decidido no confrontar, sin responder, con el