Ariana abrió los ojos lentamente. El silencio de la habitación la envolvía, solo se oía el zumbido irregular de su propio corazón. Había llorado tanto que el cansancio terminó venciéndola.
Su rostro aún estaba hinchado, y el maquillaje seco sobre su piel era el rastro visible de un dolor que apenas estaba comenzando.
Se sentó al borde de la cama, respiró profundo y se pasó una mano por el rostro, como si ese simple gesto pudiera borrar lo vivido.
Por un instante pensó en seguir durmiendo y en fingir que nada pasaba, pero su mente no se lo permitió. Necesitaba hablar con él, y de paso agradecerle por lo que había hecho por ella en el día.
Salió de su habitación despacio, el piso frío bajo sus pies la trajo de vuelta a la realidad.
A cada paso que daba, el eco de sus propios pensamientos la perseguía.
Bajó las escaleras con la intención de encontrar a Leonardo, pero lo que vio la detuvo de golpe.
En la sala, Leonardo estaba de pie, relajado, con una sonrisa apenas visible. Frente a