Ariana abrió los ojos lentamente. El silencio de la habitación la envolvía, solo se oía el zumbido irregular de su propio corazón. Había llorado tanto que el cansancio terminó venciéndola.
Su rostro aún estaba hinchado, y el maquillaje seco sobre su piel era el rastro visible de un dolor que apenas estaba comenzando.
Se sentó al borde de la cama, respiró profundo y se pasó una mano por el rostro, como si ese simple gesto pudiera borrar lo vivido.
Por un instante pensó en seguir durmiendo y en