El juego apenas comienza

El automóvil finalmente redujo la velocidad hasta detenerse por completo. El motor quedó encendido unos segundos más antes de apagarse, dejando un silencio ligero, apenas interrumpido por el canto lejano de los insectos nocturnos.

El médico, con el pecho agitado y las manos aún apretadas contra el maletín, levantó la mirada con terror contenido.

El hombre del asiento delantero se giró lentamente. Una sonrisa amplia, casi cordial, se dibujó en su rostro.

—Doctor… llegamos.

El médico tragó saliva. Miró por la ventana y no reconoció nada. No había casas, ni luces, ni carreteras visibles. Solo oscuridad, árboles y una sensación opresiva que le apretó el estómago.

—¿A dónde… a dónde me trajo? —preguntó con la voz rota.

El hombre abrió la puerta y bajó del auto con absoluta calma. Rodeó el vehículo con pasos tranquilos, como si estuviera disfrutando del momento. Al llegar junto a la puerta trasera, respondió con voz suave, casi amable:

—Puede estar tranquilo, doctor. Acabamos de llegar a s
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