El automóvil finalmente redujo la velocidad hasta detenerse por completo. El motor quedó encendido unos segundos más antes de apagarse, dejando un silencio ligero, apenas interrumpido por el canto lejano de los insectos nocturnos.
El médico, con el pecho agitado y las manos aún apretadas contra el maletín, levantó la mirada con terror contenido.
El hombre del asiento delantero se giró lentamente. Una sonrisa amplia, casi cordial, se dibujó en su rostro.
—Doctor… llegamos.
El médico tragó saliv