Leonardo salió de la mansión presidencial con el rostro endurecido, la mandíbula tensa y los pasos medidos, como si cada movimiento estuviera contenido por una furia que no podía permitirse soltar allí.
Una vez más había vuelto a la mansión presidencial en busca de ella, y una vez más no la había encontrado, el aire frío de la noche no logró despejarle la mente.
Apenas dio unos pasos cuando el jefe de policía se le acercó, sosteniendo una carpeta delgada entre las manos, el gesto serio, casi incómodo.
—Encontró algo, señor Moratti —dijo.
Leonardo se detuvo en seco y lo miró. Sus ojos oscuros no mostraban expectativa alguna, solo cansancio y una rabia controlada al límite.
—Nada —respondió—. No encontramos nada. Absolutamente nada.
El jefe de policía frunció el ceño.
—Entonces voy a empezar a investigar por mi cuenta —replicó con cautela—. A esta hora, mis hombres me acaban de informar que Emma de Santillán está siendo trasladada a la estación de policía. Empezaremos con la interroga