Ariana se quedó inmóvil un segundo, con el teléfono pegado al oído, sin entender muy bien por qué sonaba tan tarde ni por qué su voz sonaba así, quebrada, arrastrada, como si cada palabra le costara un mundo.
Se sentó despacio en el borde de la cama, su pijama de seda deslizándose sobre su piel como una segunda respiración.
—Ethan, ¿qué son estas horas de llamar? —preguntó con la voz suave, pero firme.
En el pasillo, al otro lado de la puerta, Leonardo apretó los dientes. El sonido de la voz d