Ariana se quedó inmóvil un segundo, con el teléfono pegado al oído, sin entender muy bien por qué sonaba tan tarde ni por qué su voz sonaba así, quebrada, arrastrada, como si cada palabra le costara un mundo.
Se sentó despacio en el borde de la cama, su pijama de seda deslizándose sobre su piel como una segunda respiración.
—Ethan, ¿qué son estas horas de llamar? —preguntó con la voz suave, pero firme.
En el pasillo, al otro lado de la puerta, Leonardo apretó los dientes. El sonido de la voz de Ariana, su voz íntima, suave, esa voz que él había tenido hace apenas minutos entre sus manos, entre sus labios lo volvió rígido. Y escuchar el nombre de Ethan le encendió algo oscuro detrás de la mirada.
—Bonita… —repitió Ethan desde la línea, arrastrando la palabra con más alcohol que aire.
Ariana frunció el ceño.
—¿Estás bien?
En el pasillo, Leonardo apretó los puños. Apretarlos no era suficiente. Le temblaba el antebrazo entero.
—¿Por qué? —preguntó Ethan al otro lado, con un tono extraño.