Leonardo se quedó inmóvil unos segundos, como si su propia respiración se hubiera quedado atrapada en el pecho.
Y entonces la frustración lo golpeó tan fuerte que soltó un gruñido ronco, bajo, apretado.
—Mierda —murmuró, llevándose ambas manos a la cabeza, enredando los dedos en su propio cabello con desesperación contenida
—. Ariana… mi amor… —la voz se quebró apenas, como si nombrarla lo desarmara aún más.
Miró hacia la puerta del baño. Una sola vez, larga e intensa, casi suplicante.
Ese sil