Emma subió la escalerilla del jet privado con la espalda erguida, el mentón en alto, como si no acabara de escapar de una patrulla rodeada de cadáveres.
Cada paso era firme, decidido. El viento nocturno agitó su abrigo cuando llegó a la entrada y, antes de desaparecer en el interior, se giró una última vez hacia William, que aguardaba abajo, atento, obediente.
—Hazme un favor —dijo ella, con una sonrisa fría que no alcanzaba a sus ojos—. Acaben con el imbécil de Ethan.
William tensó la mandíbu