Emma subió la escalerilla del jet privado con la espalda erguida, el mentón en alto, como si no acabara de escapar de una patrulla rodeada de cadáveres.
Cada paso era firme, decidido. El viento nocturno agitó su abrigo cuando llegó a la entrada y, antes de desaparecer en el interior, se giró una última vez hacia William, que aguardaba abajo, atento, obediente.
—Hazme un favor —dijo ella, con una sonrisa fría que no alcanzaba a sus ojos—. Acaben con el imbécil de Ethan.
William tensó la mandíbula. Sabía que esa orden no era un capricho, era algo más.
—Mi reina… —empezó—. Recuerde lo que le acabo de decir. Todo debe hacerse con cuidado.
Emma soltó una breve risa, casi divertida, y continuó subiendo.
—No te preocupes —respondió—. Yo cuidaré a mi hijastra como si fuera mi propia hija. Mientras tú cumples mi orden…lo quiero muerto, diez metros bajo tierra si es posible.
La puerta del avión se cerró con un sonido seco, definitivo. Minutos después, los motores comenzaron a rugir.
Las luces