Leonardo sostuvo la mirada de Emma por un instante más, asegurándose de que no había engaño en sus palabras. Luego giró hacia Ariana.
—Vamos, Ariana.
Ariana respiró hondo, con los ojos aún nublados por el dolor y la rabia contenida. Dio un paso hacia Emma, el rostro endurecido por la furia. Su voz, aunque temblorosa, salió firme, cargada de determinación.
—Será mejor que te largues de esta casa —dijo, apuntándola con el dedo como una sentencia—. O te juro que yo misma te sacaré a patadas.
Emma,