Aquí no hay nadie

Leonardo sostuvo la mirada de Emma por un instante más, asegurándose de que no había engaño en sus palabras. Luego giró hacia Ariana.

—Vamos, Ariana.

Ariana respiró hondo, con los ojos aún nublados por el dolor y la rabia contenida. Dio un paso hacia Emma, el rostro endurecido por la furia. Su voz, aunque temblorosa, salió firme, cargada de determinación.

—Será mejor que te largues de esta casa —dijo, apuntándola con el dedo como una sentencia—. O te juro que yo misma te sacaré a patadas.

Emma, lejos de amedrentarse, soltó una carcajada seca y cargada de burla. Se cruzó de brazos, el mentón erguido, mirando a Ariana con descaro.

—Lo siento, niñita —dijo con una sonrisa venenosa—, pero esta casa es tan tuya como mía. Y no hay nada que puedas hacer para cambiar eso.

Leonardo dio un paso adelante y posó una mano en el hombro de Ariana. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro grave, que solo ella escuchó.

—Cálmate —le dijo—. No vale la pena discutir con ella. Vámonos. Verifiquemos si
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