Ariana sonrió con amargura, una curva fría que no alcanzaba sus ojos. La rabia la mortificaba; cada palabra que salía de su boca era un filo que le causaba una herida sin compasión.
—Qué cínica eres —dijo, y la sala entera pareció tensarse—. Después de todo lo que le hiciste a mi padre, tienes la desfachatez de pedir esta casa a cambio del cuerpo de mi padre.
Emma la miró con la misma calma despectiva que hasta ahora le había servido de armadura. Sus dedos juguetearon con el borde de la bata co