El despacho de la Torre Rosewood, una vez el santuario de la lógica y el poder de Alexander, se había convertido en el epicentro de un colapso existencial. Los fragmentos del espejo roto en el suelo reflejaban mil versiones distorsionadas de un hombre que ya no sabía quién era. Alexander Moore —el nombre le sabía a ceniza y a traición— observaba sus manos como si fueran extremidades extrañas, herramientas de una genética que siempre había despreciado.
Lauren entró en la estancia con el paso vac