La noche se cerró sobre la mansión Rosewood con la pesadez de una mortaja. El documento oculto bajo el colchón parecía emitir un calor radiactivo, una prueba física de que el hombre que dormía a escasos centímetros de ella, respirando con la cadencia rítmica de un santo, era el ejecutor legal de su propio padre. Lauren no cerró los ojos. Cada vez que lo intentaba, veía la firma de Alexander —elegante, afilada, definitiva— al pie de la orden de desconexión de Silas Moore.
Cuando los primeros ray