El almacén de Ginebra se había transformado en un mausoleo de verdades calcinadas. El silencio que siguió a la reproducción del video era más denso que el humo que alguna vez llenó los pasillos de Santa María. Lauren permanecía de pie, con la tableta digital —el símbolo de su nuevo poder financiero— pesando en su mano como una piedra de molino. Frente a ella, Alexander Rosewood ya no era el titán invulnerable, ni el estratega frío, ni el héroe que ella había idolatrado durante una década. Era u