El frío de Ginebra se filtraba por las paredes blindadas del Banque de Crète, pero el hielo que recorría las venas de Lauren Moore era de una naturaleza distinta. Miró la pantalla donde Alexander —el verdadero, el hombre que le había entregado su vida y sus secretos— sangraba bajo la luz de una lámpara industrial, custodiado por la sombra obsesiva de Malcom Burke.
Malcom creía que la conocía. Creía que tras años de observar sus manos sobre el piano y sus lágrimas en la celda de Blackwood, ella