El aire en el piso 40 del Grand Imperial se había vuelto una sustancia sólida, una masa de presión invisible que amenazaba con aplastar los pulmones de Lauren. El silencio ya no era la ausencia de ruido; era un arma cargada. A través de la mirilla de la suite, podía ver la silueta de Alexander, una sombra de dolor y determinación que avanzaba pulgada a pulgada sobre una alfombra de cristales de Bohemia. Cada paso de su marido dejaba un rastro de sangre escarlata, pero su rostro permanecía como