El fuego no era un extraño para ellos; era el elemento que había bautizado su amor y destruido sus infancias. Cuando la bomba molotov de Mónica estalló contra el suelo de madera podrida de "El Ancla", el líquido inflamable corrió como lava por las grietas del piso, trepando por las paredes impregnadas de grasa y alcohol. El estruendo del cristal rompiéndose fue seguido por una ola de calor que succionó el oxígeno del bar en un latido violento.
Alexander no lo pensó. En el segundo en que la bote