El aire de Venecia en pleno invierno era una mezcla punzante de humedad salina y el eco de siglos de secretos. Las góndolas se deslizaban como ataúdes de ébano sobre las aguas turbias de los canales, mientras el Palazzo Vendramin, iluminado por miles de antorchas, vibraba con la gala de negocios más exclusiva del año. El mundo financiero se había trasladado a Italia para presenciar el resurgimiento de los Rosewood, pero lo que ignoraban era que estaban asistiendo a un funeral de identidades.
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