—¿Y ahora? —cuestioné seriamente, alzó las orejas—. Debiste ayudarme a limpiar.
Movió la cola y se volvió a recostar.
—Necesitas un nombre —cerró los ojos—. Puede ser…
No tenía idea, no podía ser un nombre común, ella era una guerrera, era luz, sobrevivió a la calle, debía tener un nombre a su altura.
De pronto recordé una de las muchas historias que de repente contaba Alexander: Trataba de una guerrera irlandesa radiante como el sol.
—Aife —sonreí—. Gracias por iluminar mi vida, Aife.
Al otro