124° La súplica.
La puerta se cerró detrás de él con un sonido suave, casi respetuoso, como si incluso el aire entendiera que lo que iba a ocurrir dentro de esa habitación no debía ser interrumpido.
Raúl se quedó de pie unos segundos, mirándome. No hablaba. No se movía. Solo me observaba con una intensidad que me incomodó más que cualquier grito o reproche que hubiera podido lanzarme.
Yo tampoco dije nada al principio.
Había algo distinto en su postura, en la forma en la que sostenía los hombros, en la tensión