La habitación estaba en silencio cuando entramos. Solo el leve crujido de la madera bajo nuestros pasos, el zumbido sutil de la calefacción, y el sonido lejano de la nieve golpeando el ventanal.
Günter cerró la puerta tras de sí. No encendió la luz. Solo dejó su abrigo en el perchero y se quedó ahí, quieto, mirándome como si aún no creyera que yo estaba de nuevo frente a él.
Yo avancé despacio, con el corazón tenso. No sabía si quería hablar, huir o quedarme inmóvil para siempre.
—Gracias por e