Esa noche no salimos.
Günter fue al pequeño mercado del pueblo mientras yo me quedé en la suite, envuelta en una de las mantas que el hotel dejaba sobre el sofá.
La nieve no dejaba de caer, pero ya no era tormenta: era una danza suave, como si el invierno se estuviera disculpando por todo lo que arrastraba.
Cuando regresó, traía una bolsa llena de ingredientes y una expresión resuelta.
—Hoy cocino yo —dijo, dejándola sobre la encimera.
—¿Desde cuándo cocinas?
—Desde que entendí que la buena vol