Miércoles, 10:14 a. m.
Boston amaneció con un cielo ceniza, de esos que no anuncian tormenta pero tampoco esperanza. Hacía frío, pero no lo suficiente como para justificar el temblor constante en mis manos. Cassian había empacado desde temprano, meticuloso como siempre, con esa calma que tanto me desconcertaba y a la vez me sostenía. Yo, en cambio, tardé una hora en decidir qué ponerme. No porque quisiera impresionar a nadie, sino porque cada prenda me parecía una declaración que no estaba list