El sábado por la noche, ya habíamos cenado. Cassian estaba en la cocina, lavando los platos, y yo me había refugiado en el sofá, con una manta sobre las piernas y el corazón un poco más liviano desde el miércoles. Casi podía decir que respiraba mejor.
Hasta que sonó el teléfono. Vi el nombre en la pantalla y sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba.
Era mi madre.
Contesté sin pensar, como si esa costumbre de obedecer aún estuviera más viva que yo misma.
—¿Hola?
—¿Tú estás loca? —dijo, sin saludo pr