Entramos en casa en silencio. No como dos enemigos, ni como extraños. Pero tampoco como una pareja reconciliada. Era ese intermedio confuso en el que los cuerpos estaban cerca, pero las emociones aún buscaban su sitio.
Dejé las llaves sobre la mesita del recibidor. Me quité los zapatos y fui directa a la cocina. Necesitaba agua, o algo que me ayudara a tragar el nudo que todavía tenía en la garganta desde la comida.
Günter se quedó en el salón, observándome desde cierta distancia. Se quitó la a