La noche había caído sobre Jeju con una calma engañosa, como si el mundo exterior ignorara por completo la tormenta que comenzaba a gestarse dentro de aquella habitación. Las luces del hospital eran tenues, casi respetuosas, y el sonido constante de los monitores creaba un ritmo que parecía marcar cada latido, cada respiración, cada emoción contenida.
Amelia se había quedado dormida recostada sobre el sillón, con la cabeza inclinada hacia un lado, aún sosteniendo débilmente la manta que Helen