La noche había comenzado a instalarse lentamente sobre la casa de la nana, envolviendo cada rincón con una tranquilidad suave, casi protectora. Las luces interiores estaban encendidas con una calidez tenue, suficiente para dibujar sombras suaves en las paredes y dar a todo un aire de refugio suspendido en el tiempo.
En la sala, las gemelas estaban completamente entregadas a uno de esos momentos que no necesitaban grandes escenarios para volverse importantes.
Amelia estaba sentada en el suelo,