La mañana en Jeju había despertado luminosa y tranquila, como si la isla quisiera ofrecerles una tregua después de todo el dolor que habían atravesado. El cielo estaba despejado, el aire era fresco y el viento suave arrastraba el aroma del mar mezclado con el perfume de las flores que crecían alrededor de la casa.
Por primera vez en mucho tiempo, Helen abrió los ojos sin sentir aquel peso insoportable aplastándole el pecho y lo primero que escuchó fueron risas, si, risas pequeñas e infantiles,