La tarde se había asentado con una calma distinta en la casa de la nana, como si el tiempo hubiera decidido volverse más lento solo para permitir que ciertos momentos se quedaran un poco más.
El sol entraba por las ventanas en una inclinación dorada, tibia, sin prisa. Afuera, el viento movía suavemente las hojas del jardín, pero dentro todo parecía estar suspendido en una especie de burbuja tranquila donde por fin nadie tenía que correr, ni esconder nada, ni temer que el mundo volviera a rompe