La tarde seguía extendiéndose con esa calma nueva que parecía haberse instalado en la casa de la nana como si por fin hubiera decidido quedarse.
El sol ya no entraba con la misma intensidad que al mediodía; ahora era más bajo, más suave, dibujando líneas doradas sobre el suelo de madera de la sala. El aire tenía ese olor ligero a hogar que no se compra ni se improvisa, sino que se construye con presencias, con risas, con silencios que no duelen.
Alexander estaba sentado en el suelo, con la es