—¡A mí no me importa nada de eso! —sollozó—. Podría vivir debajo de un puente si fuera contigo… pero ya no sé cuánto tiempo más puedo soportar esto, Alexander. Ya no puedo. Se cubrió el rostro con las manos, dejándose caer sobre el sofá de diseño italiano, como si el peso del dolor la aplastara. Sus palabras sonaban sinceras, desgarradoras… aunque en el fondo no lo eran del todo. Porque Ailén adoraba el dinero, los vestidos, las joyas que Alexander le regalaba sin reparo. Amaba el lujo, la vida cómoda, la altura desde la que miraba al mundo. Lo que no podía soportar —eso sí era verdad— era que Helen siguiera siendo la esposa legítima. Que ante los ojos de todos, Helen ocupara el lugar que Ailén deseaba con desesperación. Que ella no fuera más que una amiga, una sombra elegante en un pent-house de ensueño que, por muy alto que estuviera, seguía siendo una jaula. Y mientras afuera los Alpes permanecían inmóviles, eternos e indiferentes, dentro de aquel pent-house el amor, el poder
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