El aire nocturno en el balcón del hospital era frío, pero no lo suficiente como para atravesar la tormenta que llevaba dentro. Alexander permanecía de pie, con ambas manos apoyadas sobre la baranda de metal, los dedos tensos, casi blancos por la presión. Desde allí, las luces de Jeju se extendían como un mar lejano, titilando con una calma que contrastaba brutalmente con el caos que habitaba en su interior.
No se movía.
No lo necesitaba.
Porque por primera vez en mucho tiempo… no estaba corr