La ciudad avanzaba frente al parabrisas como una corriente interminable de luces y movimiento. Los edificios reflejaban el brillo dorado del atardecer mientras el vehículo negro avanzaba con suavidad por la avenida principal. Dentro del automóvil el ambiente era completamente distinto. El silencio era pesado, casi sofocante.
Alexander conducía con las manos firmemente apoyadas en el volante. Sus dedos largos apretaban el cuero con una tensión apenas disimulada. Sus ojos azules permanecían fijos