Isabella Romano.
Los últimos dos días fueron una tortura lenta. Una muy lenta.
Una especie de limbo entre lo que éramos y lo que estábamos a punto de dejar de ser.
Salvatore se movía por el penthouse con una calma engañosa, como si nada estuviera cambiando, como si no supiera que el mundo se desmoronaba con cada minuto que pasaba.
Yo lo observaba en silencio, grabando cada uno de sus gestos como si fueran los últimos.
El sonido de sus pasos en el pasillo.
El roce de su camisa al pasar junto a