No siento las piernas.
No siento los brazos.
Lo único que late, vivo y punzante, es la mejilla izquierda.
La bofetada todavía arde.
El carro avanza por las calles de Roma, pero para mí todo está borroso detrás del vidrio. Ni siquiera escucho a los guardias hablando entre ellos por la radio. Estoy encerrada en mi propia cabeza, sosteniendo el dolor con las uñas para que no se me desborde.
No voy a llorar.
No voy a llorar.
No voy a llorar.
Cuando al fin el vehículo se detiene frente a la mansión