No siento las piernas.
No siento los brazos.
Lo único que late, vivo y punzante, es la mejilla izquierda.
La bofetada todavía arde.
El carro avanza por las calles de Roma, pero para mí todo está borroso detrás del vidrio. Ni siquiera escucho a los guardias hablando entre ellos por la radio. Estoy encerrada en mi propia cabeza, sosteniendo el dolor con las uñas para que no se me desborde.
No voy a llorar.
No voy a llorar.
No voy a llorar.
Cuando al fin el vehículo se detiene frente a la mansión Moretti, siento que apenas puedo respirar.
Giana abre la puerta antes de que los guardias toquen. Debe haber visto mi expresión, porque sus ojos se agrandan de inmediato.
—Señora… ¿está bien?
—No quiero hablar con nadie —respondo con la voz más firme que puedo—. Solo… solo voy a mi habitación. No necesito comida. No necesito nada.
Ella abre la boca para protestar, pero yo ya estoy subiendo las escaleras. Puedo sentir su preocupación pegada a mi espalda, persiguiéndome hasta que cierro la puerta