Gabriel
El reloj en la esquina de mi escritorio marca las once y treinta, pero mi cabeza está funcionando como si fueran tres horas diferentes al mismo tiempo. Intento concentrarme en la proyección trimestral, en las malditas gráficas que deberían importarme porque determinan el futuro de cientos de empleados… pero cada dos minutos termino mirando la silla vacía frente a mí.
La silla donde Isabela estuvo sentada hace solo 24 horas.
Donde me miró como si no supiera si debía confiar en mí o salir corriendo.
Donde me preguntó, con esa voz temblorosa que todavía me taladra el pecho:
¿Lo prometes?
Y yo lo hice.
Le prometí que no la devolvería a su padre.
Le prometí algo que jamás pensé prometerle a nadie.
A veces siento que soy dos hombres distintos:
El que hace promesas para manipular.
Y el que hace promesas y realmente quiere cumplirlas.
No sé cuál de los dos está ganando.
Respiro hondo, cierro los ojos un segundo y apoyo los dedos contra el puente de la nariz. No puedo permitirme flaq