Gabriel
El reloj en la esquina de mi escritorio marca las once y treinta, pero mi cabeza está funcionando como si fueran tres horas diferentes al mismo tiempo. Intento concentrarme en la proyección trimestral, en las malditas gráficas que deberían importarme porque determinan el futuro de cientos de empleados… pero cada dos minutos termino mirando la silla vacía frente a mí.
La silla donde Isabela estuvo sentada hace solo 24 horas.
Donde me miró como si no supiera si debía confiar en mí o sal