Gabriel
—Se acabó tu hora, Lombard. Suelta el arma. Estás rodeado.
Mi voz no tiembla.
No grito. No hace falta.
El pasillo está tomado. Mis hombres a la derecha, los del detective a la izquierda. Adrián unos pasos más atrás, cubriendo el ángulo muerto. Diez armas apuntando al mismo punto. No hay salida. No debería haberla.
Lombard se queda inmóvil un segundo.
Solo un segundo.
Lo suficiente para que vea cómo sus ojos se mueven de un arma a otra, calculando, buscando una grieta que no existe