No iré…. Hoy

Gabriel

Cuando sus labios tocan los míos, mi mente se queda en blanco.

No es un beso calculado.

No es un beso que yo provoqué.

No es parte de ningún maldito plan.

Es desesperado. Torpe. Apresurado.

Una súplica hecha con la boca.

Ella se estira en puntas de pie, sus dedos aferrados a mi camisa, su respiración temblando contra mi boca mientras intenta impedir que avance hacia la puerta.

Y yo…

Yo debería apartarla.

Debería recordarle que vine a exigir respuestas.

Que estoy furioso.

Que quiero destruir al bastardo que se atrevió a levantarle la mano.

Pero no puedo.

Mis manos van instintivamente a su cintura, sujetándola con una fuerza que no sé si es para acercarla más… o para no caer yo mismo.

El beso dura apenas un segundo.

Pero ese segundo lo reescribe todo.

Cuando ella se separa, su respiración está agitada y sus ojos enormes, como si no supiera qué acaba de hacer.

—¿Qué demonios fue eso? —mi voz sale más baja de lo previsto.

Ella traga saliva, su pecho sube y baja con nerviosismo.

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