IsaLa camioneta blindada avanza como si se tragara la ciudad, pesada, silenciosa y fría. Estoy sentada en la parte trasera, con las manos cruzadas sobre el regazo, fingiendo que no me molesta sentirme como una prisionera siendo transportada. Pero me molesta. Me hierve la sangre. Me revienta los nervios.Los dos guardias de Gabriel van sentados al frente, uno conduciendo y el otro con una tableta que no deja de revisar. Van tan tiesos y serios que parecen estatuas romanas. Y yo, enredada en mis propios pensamientos, no puedo evitar iniciar la guerra.—Entonces… —arranco con tono casual, fingiendo que no estoy desesperada por información—, ¿llevan mucho trabajando para Gabriel?Silencio.Ni un movimiento. Ni un respiro.—¿No hablan? —insisto, levantando una ceja.El que está adelante, el que no conduce, se gira apenas lo suficiente para verme por el retrovisor.—Si desea saber algo del patrón, debe preguntarle directamente a él, señora Moretti.Señora Moretti.Esa maldita palabra me apu
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