La puerta de la habitación se cierra a mi espalda con un sonido demasiado suave para todo lo que acaba de explotar dentro de mí.
Camino apenas dos pasos por el pasillo del hospital cuando veo a Adrián esperándome. Está rígido, con los brazos cruzados, la mandíbula apretada de esa forma que conozco demasiado bien. Esa expresión solo aparece cuando algo está muy mal.
—Rafael llamó —dice sin rodeos.
Me detengo en seco.
—¿Qué pasa? —pregunto, aunque mi cuerpo ya se tensa antes de oír la respuesta.