Isa
Gabriel sale a primera hora. Lo sé porque Fede mi habitación lo escucho cerrar la puerta del dormitorio principal, pasos firmes por el pasillo y luego el portazo suave de la entrada.
Silencio otra vez.
Sé que estoy siendo una cobarde al quedarme encerrada para no topármelo, pero es que no sé cómo actuar de ahora en adelante. Todo es demasiado confuso.
Y eso sin meter a Adrián en la ecuación.
Me quedo sentada en la cama un par de minutos, respirando hondo, intentando procesar el desastre que es mi vida.
Un beso en una oficina.
Un “quiero que me conozcas”.
El rostro de dolor de Adrián.
El verano de hace dos años.
Un esposo que no sé si me está protegiendo… o envolviendo lentamente en una red que terminará por ahogarme.
Y entonces vibra mi teléfono.
Lo agarro con desgano, esperando que sea tal vez Gabriel avisando que llegará tarde o Giana mandando el menú del día. Pero no.
Es él.
“Ven a verme. Hoy.”
Sin saludo. Sin explicación.
Mi estómago se cae al piso.
Mi padre nunca pide. Orden