El Palacio vibraba con una mezcla de alegría y tensión. El sol del atardecer se filtraba a través de las altas ventanas de obsidiana, tiñendo las salas de un cálido resplandor anaranjado que contrastaba con el pánico que acababa de invadir el gran vestíbulo. Sech cargaba a Isis en sus brazos como si fuera lo más frágil del mundo, su rostro pálido de terror mientras atravesaba los pasillos a grandes zancadas. El aroma a jazmín que siempre acompañaba a su reina se mezclaba ahora con un leve olor a miedo frío, y su cuerpo, normalmente fuerte y grácil, parecía inusualmente delicado contra su pecho.
—¡Sanadores! —rugió Sech, su voz resonando como un trueno en las bóvedas de piedra, haciendo que los guardias y sirvientes se apartaran con prisa—. ¡ Traigan a los sanadores ahora mismo! ¡Mi reina se desmayó!
Elena y Altea corrían detrás de él, intercambiando miradas cargadas de complicidad y ternura. Elena, aún con el polvo de las minas adherido a sus ropas, tenía los ojos dorados brillantes