Habían pasado cuatro lunas desde que Isis confirmó su embarazo. El palacio, antes envuelto en un silencio sombrío, ahora resonaba con risas, planes y el calor de una verdadera familia. El vientre de Isis comenzaba a redondearse sutilmente bajo los vestidos de seda plateada, y Sech no podía pasar junto a ella sin detenerse a besar esa curva creciente o apoyar la oreja para escuchar el latido que ya era audible para oídos lobunos.
Pero la paz nunca duraba eternamente en un reino de alfas.
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