El aire en las Minas Olvidadas era un velo opresivo, cargado de polvo fino que se adhería a la piel como una segunda capa de miseria, y un hedor sulfúrico que quemaba las fosas nasales con cada inhalación. Los cristales de luna incrustados en las paredes pulsaban con una luz azulada tenue, proyectando sombras alargadas que danzaban como espíritus atormentados. Sech avanzaba por los túneles angostos, sus botas resonando contra el suelo rocoso húmedo, cada paso un eco de determinación y ansiedad. Sus guerreros lo seguían en silencio, antorchas crepitando en sus manos, iluminando rostros tensos y alertas. El sonido distante de picos golpeando piedra se mezclaba con gemidos ahogados de agotamiento, un coro lúgubre que recordaba el infierno que estos prisioneros habían soportado por años.
Habían interrogado a un anciano lobo en los barracones superiores, un ser encorvado con pelaje grisáceo y ojos nublados por el tiempo y el sufrimiento. Sus manos temblorosas, marcadas por callos y cicatri