El aire en las Minas Olvidadas era un velo opresivo, cargado de polvo fino que se adhería a la piel como una segunda capa de miseria, y un hedor sulfúrico que quemaba las fosas nasales con cada inhalación. Los cristales de luna incrustados en las paredes pulsaban con una luz azulada tenue, proyectando sombras alargadas que danzaban como espíritus atormentados. Sech avanzaba por los túneles angostos, sus botas resonando contra el suelo rocoso húmedo, cada paso un eco de determinación y ansiedad.