El sol de la mañana se filtraba a través de las altas ventanas enrejadas de los calabozos médicos, bañando las frías paredes de piedra con una luz tibia que contrastaba con la penumbra habitual del lugar. Isis descendió las escaleras con paso firme pero suave, su capa ondeando ligeramente tras ella. Sabía que la guerra no había terminado ni Sech ni ella lo ignoraban, pero habían hecho un pacto silencioso: vivir lo más normalmente posible, sin bajar la guardia, sin permitir que el caos se apoder