El sol de la mañana se filtraba a través de las altas ventanas enrejadas de los calabozos médicos, bañando las frías paredes de piedra con una luz tibia que contrastaba con la penumbra habitual del lugar. Isis descendió las escaleras con paso firme pero suave, su capa ondeando ligeramente tras ella. Sabía que la guerra no había terminado ni Sech ni ella lo ignoraban, pero habían hecho un pacto silencioso: vivir lo más normalmente posible, sin bajar la guardia, sin permitir que el caos se apoderara de sus días. Cada decisión, cada gesto, estaba teñido de cautela, pero también de esperanza.
Los calabozos médicos eran un ala apartada del palacio, diseñada para contener a aquellos cuya mente o cuerpo representaban un peligro. Allí, en una celda amplia y luminosa —más parecida a una habitación que a una prisión, permanecía Lysander. El hermano menor de Sech seguía atrapado en esa niebla mental que lo había regresado a su juventud, a los días en que veía a su hermano mayor como un héroe ina